Hasta luego, José Luis


Después de diez años orientándonos en el mismo barco, no va a ser lo mismo seguir navegando sin José Luis Luque, que cambia los aires a sus poderosas velas. Te vamos a echar de menos. Espero que esta pequeña muestra de afecto, en forma de palabra escrita, pueda expresar todo lo que el claustro siente ante tu marcha.

Septiembre. Curso 1980 / 81. Hornachuelos.
Éramos unos cuantos maestros jóvenes e ilusionados, en nuestro primer destino definitivo. ¡Buen curso, “movidito” del principio al final! Vivimos un terremoto en noviembre (se movió la tierra) y otro el 23-F (sonaron los sables). Parece increíble pero de aquellos años recuerdo tu aspecto de “venir de la guerra”; los peques te hacían volver de clase con los faldones de la camisa por fuera y el pelo alborotado.
Éramos jóvenes, pero no mejores.
Al cabo de los años hemos vuelto a compartir centro; tu trabajo ha cambiado y has crecido y madurado en la escuela de la vida que te ha dado muchas alegrías y algún que otro disgusto. No se lo tengas en cuenta y vívela a fondo.
Ha sido un placer compartir contigo todos estos años de trabajo. Que tu nuevo destino responda a tus deseos y que siempre, siempre, disfrutes de las pequeñas cosas que pueden llevarte y llevarnos a la felicidad.
Un abrazo. Tu amiga y compañera:
Paqui Rodríguez

Lo conozco poco. Sin embargo, lo echaré(mos) en falta. Supongo que, como otros orientadores en los centros de Secundaria, habrá sufrido por la incomprensión (y rechazo) de muchos compañeros. Pero José Luis posee una rara virtud. A su bonhomía, reconocida por todos, se une su templanza. Sabe afrontar las situaciones difíciles con una sonrisa. Cualquiera que puede acercársele preocupado, recibe una gentil y tranquilizadora respuesta. Lo anormal, lo extraordinario, el conflicto, las dificultades familiares o académicas graves por las que atraviesa un alumno… son enfrentadas con serenidad, dominio y maestría. Basta con tropezar con él por algún pasillo para que te devuelva su afecto y sonrisa. En los cafés del recreo, buscamos su afable compañía y generosidad, como un remanso de paz. Su proximidad nos induce placidez, una calma cotidiana que ¡extrañaremos muy pronto!
Joaquín Mesa

Enumeraba Miguel tres cualidades a las que debían aspirar los alumnos que finalizaban sus estudios en el centro: la curiosidad, la bondad y la generosidad. Pensando en José Luis Luque, nuestro compañero, al que han concedido traslado, he llegado a la conclusión de que reúne estas tres cualidades. La curiosidad intelectual la demuestra cada día asistiendo a los principales acontecimientos culturales que se celebran en Córdoba e incitándonos a los demás a participar también en ellos. Hablar de su bondad es recordar el verso de Antonio Machado, uno de sus poetas preferidos, “soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, es decir, no es José Luis alguien del que se pueda uno aprovechar, sino quien se entrega a los demás desinteresadamente, ofreciéndonos lo mejor de sí mismo. Esta era la tercera cualidad a la que debían aspirar los alumnos en su vida. ¡Qué bien tener a un compañero y amigo tan íntegro, tan bueno y tan generoso!
Matías Regodón

Querido compañero, querido amigo:
Me gustaría que las causas que me llevan a hacer este escrito fuesen otras bien diferentes, pero hay avatares, contratiempos, que nos conducen por destinos inesperados y nos obligan a tomar determinaciones no siempre deseadas.
En los próximos cursos trabajarás en otro Instituto. Recuerdo el día que me hiciste conocer tu decisión de cambiar de Centro. Mientras, de forma serena, me ibas dando las razones que te habían llevado a elegir este camino; yo, de manera atropellada, buscaba argumentos que te hicieran cambiar de opinión. No lo conseguí, todo lo contrario, me convenciste de que era lo mejor para ti, y desde entonces he defendido, no sin disgusto, que estás en el camino acertado.
Todo cambio tiene algo de aventura no exento de riesgo. Así lo viví cuando hace tres años llegué al Gran Capitán; tu amistosa acogida me sirvió para eliminar todo indicio de inseguridad, me ayudó a sentirme cómodo desde el principio y a borrar toda sombra de incertidumbre que por mi mente pudiera planear.
En tu caso, vas a iniciar una nueva etapa en la que las posibles dudas que se te estén planteando deben quedar apartadas ya que llegas a tu nuevo destino avalado por una larga trayectoria profesional marcada por un trabajo eficaz, exigente, riguroso, a la vez que cargado de una inmensa honradez y una extraordinaria humanidad. Creo que son suficientes cartas de presentación.
No hace muchos días, una compañera al saber de tu marcha me decía: “es que deja su Instituto”. En esta frase caben muchas interpretaciones; me quedo especialmente con aquélla que pretende transmitir el pesar que nos supone renunciar al saludo amable de cada mañana, al rutinario café y sus dosis de humor relajante, a la afable conversación sobre aquello que nos ocupa y preocupa, y a tus aportaciones a ese proyecto común del que todos nos sentimos responsables cada día (aunque no sea siempre de manera coordinada).
Quizá esté resultando un mensaje demasiado personal, pero ¿puede ser de otra forma?, ¿debo deslindar al compañero del amigo?, ¿tengo que olvidar los afectos que nos unen?, ¿he de ignorar lo que nos has enseñado en los últimos tiempos? No, no me es posible hablar de ti sin evocar nuestras juveniles caminatas en dirección a la Escuela Normal tarareando canciones populares chilenas, o nuestras viejas reflexiones sobre el poder de la educación como fuerza transformadora, o nuestros comunes intereses en tantos temas de ayer y hoy, pero sobre todo, no quiero dejar de resaltar tu encomiable tesón y espíritu de superación ante la adversidad. No, no puedo hablar de ti sin pensar en ese hombre bueno que siempre va contigo.
Te echaremos de menos, te echaré de menos. Suerte.
Francisco Pérez

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