Encuentro poético con Eduardo García

También ayer tuvimos la oportunidad de escuchar a un gran poeta. Como Matías ha escrito una crónica sobre el acto, completamos esta información con el texto de la presentación del acto, que escribió nuestro compañero y amigo Francisco Jurado:

Conocí la poesía de Eduardo García hace cuatro inviernos, en un pueblo de Almería con dos mil quinientos habitantes (retirado de toda civilización), y cuyo máximo atractivo era una gran fábrica de hormigón. En aquel lugar, en el que algunas noches no cenaba por no ir al único supermercado, en donde siempre acechaba la posibilidad de que me atracara una madre por la espalda, para improvisar una tutoría, además la gente se suicidaba con normalidad y frecuentemente. Os aseguro que después de algunos meses lo comprendí. Con tal panorama, con la única esperanza de sobrevivir me di por completo a la lectura y al cine.

En La lógica de Orfeo, una antología de poesía contemporánea, y uno de los muchos libros que leí entonces, tuve noticias por primera vez de Eduardo García: una de las voces que más me conmovieron; a Sueño con cuchillos, por ejemplo, me remito. Tan solo sabía de Eduardo, los datos que aquella antología me aportaban: que era brasileño, nacido en Sao Paulo en 1965, que me había gustado su poesía y poco más. Después, siguiendo el rastro editorial, llegaron otros libros suyos como Las cartas marcadas (1995), No se trata de un juego (1998), Horizonte o frontera (2003), Refutación de la Elegía (2006). Libros de los que no me puedo detener a hablar por razones de tiempo, y por los que ha recibido numerosos premios muy importantes. También tenía más datos sobre su vida: hijo de españoles, pasó su infancia, hasta los seis años en Brasil, edad en que se traslada con su familia a España, concretamente a Madrid, ciudad donde transcurre su adolescencia y primera juventud. Allí estudiará la Licenciatura de Filosofía, y en 1991, obtiene una plaza de profesor de dicha materia en Córdoba, donde reside desde entonces.

Pero ahora, voy a dar un salto en el tiempo: estamos en febrero de 2008. En ese momento yo estaba atravesando uno de mis bajones, un bache, un nubarrón negro, y leyendo la revista literaria Mercurio o el suplemento cultural Babelia, no recuerdo bien, me encuentro con la crítica a un nuevo libro de Eduardo García, La vida nueva. Al parecer aquel libro contaba la experiencia, o el camino psicológico por el cual una persona sale (La vida nueva), y ahora sí lo voy a llamar por su nombre, de una depresión. Aprovechando un viaje a Madrid, en marzo de aquel mismo año, me hice al fin con uno de los libros más estimulantes que he leído nunca, repito: La vida nueva. En él, Eduardo García ponía nombre a muchos de mis pensamientos y sentimientos, y así, también orden, en el caos mental en el que me encontraba; y de este modo yo iba desmadejando aquella nube negra y poco a poco volvían a mí las ganas, la ilusión, el deseo, la imaginación no contaminada y una vida nueva, esta vez, la mía. Por ello, Eduardo, te doy las gracias.

Después, casualidades de la vida, me trasladan el curso pasado a Córdoba y aquí conozco a Eduardo García en numerosos actos poéticos: una lectura en la Fundación Antonio Gala, una presentación a Pablo García Baena y otra a Caballero Bonald, otra al gran, en todos los sentidos, Hipólito García Navarro, una estupenda conferencia sobre Belle de jour y el cine de Buñuel…

A finales de abril, coincidiendo con la clausura de Cosmopoética por parte de Álvaro Mutis, me entero por la prensa de que le han concedido al libro La vida nueva el Premio Nacional de la Crítica. Sentí ese día que parte de ese premio me pertenecía, no sólo por lo que reconforta a un lector de poesía que su olfato le lleve a lo mejor, sino también porque habían premiado a “mi vida nueva”.

La poesía es, ya lo he dicho alguna vez, el medio de comunicación más sofisticado y puro que el ser humano ha inventado, por encima de todas las nuevas tecnologías, incluidas, chicos, internet, que lógicamente me encanta y aprovecho con gran placer. Por este motivo los poetas merecen un sitio de privilegio en nuestra sociedad, y por ello, es un honor general para el instituto y personal para mí, tener hoy con nosotros a Eduardo García, uno de nuestros grandes poetas. Así que, abrid bien las orejas, y recibamos a Eduardo García con un caluroso aplauso.

Francisco Jurado Granero

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