Discurso de Conchi Lara con motivo de su jubilación

“TIEMPO TRANSCURRIDO= ∆t”

Pensar en la jubilación es reflexionar inexorablemente en el paso del tiempo por eso le he puesto a mi discurso: “Tiempo transcurrido = ∆t” porque así le llamamos en Física. Cuando se lo explicaba a mis alumnos les decía que ∆t es el tiempo que transcurre entre el instante inicial toy el instante final tf, Es lógico, pues, empezar por el instante inicial:

Nací en Baena en el año 1954. Mi padre, Antonio, era panadero. Un empresario emprendedor, diríamos ahora. Mi madre, Conchita, se dedicaba a “sus labores”, como se decía entonces, es decir: organizaba una casa de nueve personas, cocinaba bastante bien, cocía primorosamente, lavaba, planchaba, limpiaba y, además, trabajaba en el despacho con mi padre. En resumen “las labores propias de su sexo”. Quinta de seis hermanos, fui educada bajo el rancio y negro manto del “Espíritu del Nacional Catolicismo”. Fui a la escuela desde los dos años. Era un aula unitaria, una “Miga”, como se llamaban entonces y mi maestra, D ª María, era una monja teresiana doblemente seglar, por teresiana y por vivir en su casa. De ella recuerdo su pelo ralo y su larga regla de madera con la que nos pegaba en la palma de la mano si no nos salían bien las cuentas.

También recuerdo los vasos de leche en polvo del Plan Marshall y las mañanas de los sábados estudiando los fabulosos relatos de la “Historia Sagrada”.

Cuando cumplí los ocho años, mi madre me apuntó al colegio del Espíritu Santo para que “las madres monjas me dieran brillito”, algo que entonces importaba mucho en mi pueblo. Ese brillito se conseguía en gran parte pagando la enseñanza recibida.               El colegio también tenía un aula para “niñas gratuitas”. Sin entrar en contradicción alguna con la lingüística ni la caridad cristiana, “las niñas gratuitas” entraban por otra puerta, fea y negra.

Jugaban en otro patio, más chico. Tenían su propia clase y ni sus uniformes, ni nada de lo que les rodeaba, tenía “una mijita de brillito”.

Cuando llegaba el verano, mi madre nos sentaba por las tardes a coser, a mi hermana mayor y a mí, mientras escuchábamos por la radio las novelas de Guillermo Sautier Casaseca. “María Magnolia”, “El derecho de los hijos”, son nombres asociados en mi memoria a olor a plancha y tela nueva y a bordados de sabanas y mantelerías para mis primas casaderas.

Al verbalizar estos recuerdos me digo “¿Cómo he podido vivir yo estas cosas tan antiguas?, y lo que me parece más asombroso aún, sobrevivir a ellas”. Pues lo he hecho y todas ellas forman parte de mí historia y la de otras muchas mujeres de mi edad y por eso se lo quiero contar a la gente joven que no las conoce.

Salir de ese gris y pobre camino que el franquismo tenía diseñado para las mujeres no fue un hecho casual. Afortunadamente para mí y para las demás niñas, las monjas consideraron la posibilidad de ampliar el negocio educativo y armadas con su toga, su capa y sus caras angelicales fueron a las casas de sus alumnas de clase media para convencer a los padres de que dejasen a sus hijas estudiar el bachiller. Mi padre accedió, y así empezó para mí “la curvatura de la luz” que permitió cambiar mi destino. Me explico: los humanos hemos sabido desde siempre que la luz viaja en línea recta, no fue hasta el siglo veinte que Einstein dedujo que la luz al entrar en un campo gravitatorio intenso, curvaba su trayectoria adaptándose a él. De igual modo la educación recibida por las niñas nos encajonaba en un camino recto para llegar a ser buenas hijas, madres y esposas. Niñas buenas que finalmente fueran al cielo. Pero la educación recibida rompió ese destino obligado. El conocimiento le da posibilidad a nuestro cerebro de descubrir caminos, de escoger, de experimentar, de crear sendas propias insospechadas, de trazar curvas o rectas adaptadas a lo que vamos viviendo.

A ese descubrimiento contribuyeron, como no, alguno de mis profesores. Nombraré a tres:

.-D. Antonio Mienvela, profesor de Física de 6º de Bachiller, con el que aprendí el maravilloso juego de las preguntas a la Naturaleza y la búsqueda de sus respuestas. Su influencia fue fundamental para escoger mis estudios en Ciencias Físicas.

.-D. Juan Mora, profesor de Filosofía de 6º, también. Con él aprendí que la situación que vivía en casa respecto a mis hermanos varones tenía un nombre: “Discriminación femenina”. A partir de esa toma de conciencia, no ha cesado mi búsqueda de la igualdad.

.- Y por último D. Enrique Ruíz, profesor de Historia de Preu,   hombre culto, concienciado, valiente, una persona como yo quería llegar a ser.

Con sus enseñanzas y ejemplo descubrí que si siendo una niña buena podía ir al cielo, con solo ser un poquito mala, solo un poquito mala, podía ir a todas partes. Y a eso me aplique.

Fui a la universidad en los años setenta: Granada, Madrid, Sevilla. Últimos años del franquismo, revueltas estudiantiles y sociales ¡Imposible mantenerme al margen! Muerto el dictador, llega “la Esperanza”. Con veinte años creía firmemente en que otro mundo más justo, más libre, más equitativo era posible y que se podía conseguir ya, y lo que más me fascinaba, estaba en mis manos contribuir a ello. ¿Cómo? Dedicarme a la enseñanza era la respuesta. Por mi propia experiencia, confiaba en el poder liberador de la educación, leía libros de pedagogos comprometidos que hablaban de ello y soñaba que enseñando Física a mis alumnos, estos aprenderían a razonar y una persona que razonara bien no podía llegar a conclusiones falsas ni injustas. Sería mejor persona que ayudaría a hacer que el mundo fuese mejor.

Mi simpleza de entonces no me produce rubor, más bien me hace sentir ternura por aquella joven que empezó a trabajar queriendo cambiar lo que creía que no funcionaba bien con los humildes medios a su alcance, pero sintiéndose protagonista de la historia.

Y os diré que, hoy, treinta y seis años después, mucho más vieja y realista, sigo creyendo en la educación como factor imprescindible para que las personas y los países progresemos.

Entré en la enseñanza en el año 1978. Dos años de sustituciones, tres de interina y cuatro de provisional me permitieron conocer una amplia muestra de institutos cordobeses. Por fin mi primer destino definitivo en Montilla. Al dejar de ser errante pude organizar mi vida en lo personal y en lo profesional. Aterrizar en el instituto Inca Garcilaso de Montilla fue para mí una grandísima suerte, el centro era uno de los escogidos para ensayar la reforma educativa que se implantó posteriormente: La LOGSE, lo que me permitió acceder a metodologías innovadoras y la oportunidad de llevarlas a la práctica.

Pero mi suerte podía mejorar más y lo hizo: a los cuatro años me dieron Córdoba. Me dolió mucho separarme de mis compañeros, pero mi alegría era grandísima, me quitaba la carretera de en medio. Me dieron el Instituto Gran Capitán, un centro que no quería mucha gente, tenía mala fama porque estaba en el “quinto pino” (en la Laboral) y era un centro escoba. A mí no me importaba nada las malas historias que contaban de él, estaba en Córdoba y además, otro grandísimo golpe de suerte, le habían dado el mismo destino a mi queridísima amiga y compañera María Ropero.

Seguro que habéis oído hablar de la ley de Murphy: “si algo puede empeorar más, lo hará”, pero a veces se cumple al contrario. Las cosas podían mejorar más para mí y lo hicieron cuando al curso siguiente vino José Manuel Ramírez al departamento. La buena sintonía en lo personal y en lo profesional que nos unió a los tres desde el primer momento creó un tándem fructífero del que nos hemos beneficiado nosotros y nuestros alumnos. Más tarde llegó Conchi Pérez-Parra.Durante años trabajamos y aprendimos juntos, colaboramos y sacamos lo mejor de nosotros gracias a ese trabajo en equipo.

Siempre lo he sabido, pero ahora que nuestra vida laboral ha finalizado, toma una relevancia más grande. ¡Qué afortunada he sido, María, José Manuel y Conchi, amigos y compañeros, por trabajar con vosotros tanto tiempo!

Por supuesto que no me olvido de ti, Chon, en comparación hemos estado poco tiempo juntas, pero me llevo todas las endorfinas que me has producido con tu gracia y tú ingenio.

Durante todo este tiempo transcurrido he ejercido mi profesión de enseñante con pasión. Les he contado a los alumnos los hechos de la Física y la Química procurando demostrarles que como decía Severo Ochoa: “somos física y química” y he intentado transmitirles mi asombro y mi entusiasmo al conocerlos. He querido convencerlos de que la “Ciencia es un arma cargada de futuro” que cualquiera de ellos puede enarbolar para mejorarlo. Y, por último, he utilizado el método científico como herramienta ideal, por su disciplina y racionalidad, para entrenar su cerebro no solo para la ciencia, sino para cualquier problema que se les presentase en la vida.

Desde que descubrí que mi interés por conocer la Naturaleza me daba muchas satisfacciones, estas se han multiplicado al compartirlas con mis alumnos, produciendo una retroalimentación. Para que ellos se interesaran, yo buscaba información. Para resolverles sus preguntas, yo me las hacía primero y buscaba las respuestas. . Siempre he agradecido que alguien me plantease una cuestión, eso era una oportunidad para aprender. Así que puedo decir que en estos largos años de trabajo no estoy segura de lo que han aprendido mis alumnos, pero yo he aprendido muchísimo.

Nunca he olvidado que mis alumnos eran personas y me he implicado en su aprendizaje y, como no, en sus vidas, divirtiéndome con ellos y también enfadándome con ellos y sufriendo con y por ellos y siempre, siempre creciendo con ellos.

Quiero compartiros que el último día de clase, mis alumnos de 1º de Bachillerato me hicieron entrega del mejor regalo que un profesor puede recibir: unas palabras en las que me mostraban su reconocimiento, así que me llevo el dulce sabor de que mi trabajo no ha sido en vano.

Algo que me fastidia enormemente de las jubilaciones y los entierros es esa actitud que se resume en la frase :

¡Qué bueno era el muerto!

No diré pues que todo lo que ha sucedido en este tiempo transcurrido ha sido estupendo, ni en mi vida privada ni en la profesional. Ciñéndome a esta, diré que los jóvenes profesores que desembarcamos en masa en los años noventa, nos encontramos con un centro mastodóntico y por hacer, en el que los profesores de referencia venían de otro régimen de enseñanza y muchos de ellos eran hostiles al cambio al que se veían obligados. Con la   juventud y falta de experiencia de unos y el rechazo al nuevo orden de otros construimos un Centro con muchos aciertos y con problemas que se han venido arrastrando durante muchos años de su existencia. Hasta que en el año 2008 se desencadenó la tormenta perfecta.

Ese annus horribilis para algunos de nosotros y que no me gustaría haber vivido, ha pasado a la historia y creo sinceramente que no se volverá a repetir porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

La hipocresía no es uno de mis defectos, por eso, aunque no soy persona que me lleve bien con todo el mundo, y en estos 23 años he tenido desencuentros, os puedo asegurar que cuando deseo a alguien ¡buenos días!, lo hago de corazón. Cuando felicito por un trabajo que me parece bien hecho, también.

Me voy del centro en paz con todo el mundo. Hace tiempo que me di cuenta que me sentía reconciliada con el pasado y eso me llenó de tranquilidad y también de alegría. No estoy hablando de olvido. Si olvidamos, ¡cómo vamos a rectificar nuestros errores!, ¡cómo vamos a repetir nuestros aciertos!. No, no se debe olvidar.      Tampoco hablo de perdón. El concepto de perdón me parece lleno de prepotencia para quien lo otorga y de humillación para el que lo recibe. No, tampoco hablo de perdón. Hablo de aceptación. Con todos mis años y mi experiencia he acabado aceptándome a mí misma, acogiéndome como ser humano capaz de guardar dentro de mí la nobleza, la honestidad, la generosidad y tantas otras cosas buenas y todo lo contrario, la indignidad, la traición, el egoísmo, y tantas otras rechazables. Es cierto que tengo principios a los que procuro ser fiel y que lucho por ser coherente, pero aceptando mis errores he podido aceptar los de los demás. Sigo creyendo que las personas nos debemos tratar con respeto y dignidad. Que los desacuerdos no se solucionan con insultos ni descalificaciones. Sigo teniendo “tolerancia cero” para esas actitudes, pero no rechazo de plano a las personas que alguna vez las tienen.

Quiero dar las gracias a todos los compañeros que de una forma generosa han colaborado conmigo y con el dpto en estos años:

.- A Antonio Suarez del dpto. de Carpintería, que nunca ha dicho que no a los proyectos que le he presentado.

.- A Francis Sierra del dpto de Plástica, que ha puesto su arte a mi disposición.

.- A todos los compañeros del dpto de cocina, que nunca me han negado ni una tacita de azúcar.

.- A Antonio Gómez profesor del dpto. de Biología que siempre ha estado dispuesto a tomar videos de cualquier actividad que he hecho con los alumnos.

.- A Benito Vaquero del dpto de Geografía e Historia, autor del video “El pozo y los péndulos” que ha quedado tan bien.

.- A Paco Ponce del dpto de Educación Física por su colaboración en el taller de “Física y deporte” .

.- A todos los conserjes, porque siempre, siempre, me han tratado con amabilidad y me han ayudado en cuanta chapuza necesitaba para mis experimentos.

:- Y en general a todos aquellos compañeros que me han ayudado a solucionar mis carencias en informática.

.- Por supuesto a todos los miembros de la directiva actual que siempre me han ayudado a resolver cualquier problema que se me haya presentado.

Y por último quiero dar las gracias a tod@s aquellas personas que no son solo mis compañeros, sino también mis amig@s: Lurdes, Magdalena, Maite, Rosalía, Rafael, Lola, Paqui Rodríguez , Antonio, Mª José……

Y para terminar mi larga intervención diré que asimilar el concepto del paso del tiempo me resulta raro y difícil. Os recuerdo que el tiempo transcurrido al que llamamos restando el instante final del inicial. Con 24 años hice mi primera sustitución en el Góngora. Rubia, bajita y con cara contenta por estar trabajando, andaba por los pasillos y, con frecuencia, recibía la regañina de algún profesor, confundido, por encontrarme fuera de clase. Ahora estoy en el instante final de mi etapa laboral. Y ese es el problema del paso del tiempo, que nuestro cerebro guarda recuerdos del principio y del final y salta de unos momentos a otros y nos parece que entremedias no ha pasado nada, y sí que ha pasado, ¡claro que ha pasado! ¡Nada menos que 36 años!

A veces los grandes conceptos de la existencia se revelan de una forma inesperada, sorpresiva. Cuenta que Kekulé tuvo la revelación de la estructura hexagonal del benceno mientras dormía. También cuentan que a Newton le inspiró la ley de la Gravedad el golpe que le dio una manzana al caer mientras echaba la siesta. Seguramente solo sean historias que pueden ser verdad y no haber pasado, pero por mi parte os puedo decir que tuve una revelación en la que entendí lo que significaba el paso del tiempo “∆t”y sus consecuencias en una experiencia cotidiana, de esas que procuro poner como ejemplo a los alumnos para explicarle que la Física está en todo lo que nos rodea.

Os cuento:

“No hace mucho, un día que me enteré en la tele que había llegado la primavera al Corte Inglés, decidí ir a verla y de camino alegrar mi armario. Cogí mi bolso y mi tarjeta y me fui a la “segunda planta”.

Cargada con algunas prendas, me metí en un probador. Distraída, cerré la puerta y me llevé una sorpresa: yo había entrado sola, ¡pero allí había un montón de rubias que me rodeaban! Superado el impacto inicial “la profe de física” que hay en mí me dijo: “esto es por la reflexión especular múltiple”. ¡Aaah!, respiré tranquila. Saber el porqué de las cosas siempre me tranquiliza mucho.

Deje las prendas en la banqueta y me miré al espejo, entonces me dio un vuelco el corazón ¡ahora sí que me llevé un susto!, detrás de mí, de espaldas, había una rubia, bajita, con un aire muy familiar, que se me parecía mucho, pero que no podía ser yo:

¡Aquella rubia, bajita, era una señora mayor!

Pero… ¿Dios mío, esto qué es? Dije en alto, a lo que la señora rubia, bajita y mayor que había a mi derecha, me contestó con mucha guasa:

¿Qué va a ser esto Conchilara?:

                                       ¡Esto es “∆t”!

           ¡ENCANTADA DE HABEROS CONOCIDO Y HABER COMPARTIDO CON VOSOTROS TANTA VIDA!

         ¡OJALÁ LA NATURALEZA PERMITA QUE NO OS OLVIDE NUNCA!

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