Palabras para Maite

Aún con cierto nudo en la garganta, os ofrecemos algunas imágenes y las emotivas palabras para Maite que, en nombre del claustro, preparó Carmen Jurado:

Despedida de Maite

Equipo Directivo del instituto “Gran Capitán”, compañeras y compañeros  claustrales, amistades docentes, esposo de Maite Muñoz; jubilosa Maite: ¡Buenas noches!

Nos hallamos celebrando el rito de la despedida docente de una compañera que, con todo merecimiento, ha detentado este apelativo durante más de tres décadas.

Os preguntaréis por qué escribo estas palabras, cuando llevo en el centro sólo cinco cursos, y hay personas que, con más mérito y capacidad, podrían hacerlo mucho mejor. Es tan sólo por “arqueología didáctica”; expresión que, si tenéis un poco de paciencia, trataré de aclararos.

Al pronto, alguien pensará en las dos horas de Guardia compartidas este curso. No. Otros encontrarán la respuesta en la grabación radiofónica con un 3º de ESO común. Tampoco. Habrá quien piense que es en agradecimiento a que cada martes me has llevado, amablemente, en tu coche hasta mi casa. Buena razón, pero tampoco es por eso. Incluso, alguien más avezado podrá entrever en este acto un ensayo de futuras tareas protocolarias. Mucho menos aún.

En cualquier caso, las palabras que voy a leer en primera persona, al margen de anécdotas concretas, son asumibles por todos los que hemos compartido docencia contigo.

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MARÍA TERESA MUÑOZ SÁNCHEZ, nuestra querida Maite, profesora hasta hoy de Biología y Geología, se licenció en 1976 en Veterinaria y, cinco años después, en Ciencias Biológicas; en ambas ocasiones, por la Universidad de Córdoba.

Trabaja desde ese año hasta 1982 como Profesora Ayudante de Patología General y Médica en la Facultad de Veterinaria cordobesa. Este último año aprueba las oposiciones de Agregada de Instituto y recorre varios centros de la capital y provincia: “Góngora”, el antiguo “Fuensanta” (hoy “Galileo Galilei”), el instituto de Posadas, “Nuestra Señora de Alharilla” (Porcuna), “Santos Isasa” (Montoro), hasta llegar al “Gran Capitán”, en el año 90.

Es decir, que esta profesional, que inició su labor como veterinaria, y que luego ha trabajado durante muchos años dando clase en institutos, si me permitís la broma, nunca ha dejado de trabajar con animales, aunque la mayor parte del tiempo hayan sido racionales.

Maite llega al “Gran Capitán” en 1990, todavía en las instalaciones de la Universidad Laboral, procedente de Montoro, en el que había sido Jefa de Estudios. Y en él se queda hasta ahora, donde se ha ejercitado como tutora de alumnos, de viajes, consejera y mediadora, madre-psicóloga, representante en selectividad…

Y hasta aquí el “curriculum vitae” de Maite que, con ser importante, no la abarca ni define como persona y compañera. Su personalidad y su carácter van más allá. Y es lo que ahora trazaré en unas breves pinceladas.

Maite es generosa en su tiempo, en su trabajo y en su charla; es optimista incluso en la adversidad, es resolutiva y dinámica en su día a día; es risueña, amable, maternal e incluso “madraza” en el trato con compañeros, padres y alumnos; no por ello deja de ser objetiva, exigente, escrupulosamente científica y profesional en sus tareas pedagógicas. Es viajera (que no viajante), con los alumnos. En fin, es dispuesta, sacrificada, “arremangá”; por cortesía de Pilar Lubián, “guapa, elegante y rica” y, por supuesto, coherente en sus ideas y en su forma de actuar.

Dicen, quienes la conocen viajando, que prepara a conciencia todas las charlas histórico-artísticas de los lugares que visitan para exponerlas a los alumnos. No me extraña. No hay más que ver el tesón con que, durante los primeros meses del curso, organiza hasta el más mínimo detalle: selección de mantecados y bombones; organización de rifas, cuotas y “quebranto de moneda”; llamadas telefónicas y regateo a la agencia de turno; charlas con los padres, con los hijos, con los profesores… En definitiva, para que el “quebranto” quede sólo en la moneda y no en el viaje. Porque allí se va a disfrutar, y así lo corroboran los que alguna vez la han acompañado. Y como esa es la finalidad primordial, no le duelen prendas si tiene que intervenir cuando algún alumno se pasa de listo y molesta a los demás. Me cuentan que, en alguna ocasión, no ha dudado en telefonear de inmediato a los padres y contarles qué barbaridad había hecho su hijo. A partir de entonces, la excursión discurre afablemente.

Es más, incluso disfruta Maite cuando, tras toda la preparación de varios meses, como este año, no viaja personalmente, y le cuentan compañeros y alumnos cómo ha resultado. Lo importante para ella es la ilusión y la alegría que pone en todo lo que hace.

Bueno, y si yo no he viajado con ella, ¿por qué estoy diciendo estas palabras? Ahora es el momento de aclarar la “arqueología didáctica”.

¡Qué menos voy a decirle a mi primera Jefa de Estudios, cuando lo que he recibido de ella, desde hace casi un cuarto de siglo, no es más que agrado y cariño! Por esto hablo de Maite, porque desde que aprobé las oposiciones, allá por el 89 del pasado siglo, con la primera persona que contacté del instituto “Santos Isasa” fue con ella, reunida en su domicilio, haciendo horarios porque, en palabras de Antonia, la conserje, “era la única que tenía aire acondicionado”.

Lo primero que escuché de Maite, tras presentarme, fue: “Bueno, mi niña, ¿quieres entrar temprano o tarde?” No daba crédito a esas palabras, después de la leyenda urbana referida al (mal)trato de los recién llegados a los centros.

Otra leyenda urbana que también me desmontó sobre la elitista sociedad cordobesa fue cuando, recién llegada de Murcia para el claustro inicial, me dice: “Niña, prepárate que nos vamos el sábado al campo de una compañera. Cada uno lleva un plato y lo ponemos en común”. Como debió percibir mi angustia, pues la cocina no era mi fuerte, rápidamente apostilló: “Con que lleves una tortilla de patatas es suficiente. Lo importante es echar el día juntos”.

Y así fue como aterricé en la docencia y en la sociedad cordobesa, de manos de Maite Muñoz. Ella me dejó clara una idea que, desde entonces, he tratado de emular: en cualquier actividad, cabe todo el mundo.

Maite (y Antonio Serrano también), fueron mi “termómetro docente”  a la hora del traslado. No debía ser éste un mal centro, puesto que ellos llevaban más de quince años en él. Me dio mucha tranquilidad y mucha alegría comprobar que iba a disfrutarlos nuevamente como compañeros.

En fin, con Maite he participado en una carrera de relevos: ella me dio la bienvenida docente y me entregó el testigo en mi año de prácticas, como Jefa de Estudios. En este preciso momento, le devuelvo el testigo, al enunciar las palabras de su despedida docente. Para el curso próximo, sin su tutela, me hace entrega de nuevo del testigo como miembro de un equipo directivo. Espero no defraudarla.

Voy a lamentar que se vaya, entre otras muchas cosas, porque no podré contar con ella para que “borde” los viajes de estudios, pero estoy segura de que nos echará una mano siempre que se lo solicitemos.

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A partir de ahora, podrá viajar en cualquier fecha y hacia el destino que Antonio y ella elijan. Todo esto, si sus obligaciones como abuela (como abuelos) no se lo impiden.

Para terminar, quisiera otorgarte, como se hace con personalidades destacadas del mundo de la cultura y del arte, tras tu continuada y brillante labor profesional, un título honorífico. Estoy dudando entre “Maestra Ecológico-Jabonera”, con el ruego de que nos acompañes en otoño para hacer detergente líquido, tan útil para los tiempos de crisis que atravesamos. O tal vez te venga mejor el de: “Directiva honorífica de Galleros”, pues te has ganado por esfuerzo y agrado un lugar especial en la empresa.

En nombre de todos, te transmito todo el cariño y nuestros mejores deseos para que seas muy feliz en la nueva etapa que se abre en tu vida. Siempre nos tendrás aquí para lo que gustes. Sabemos que siempre estarás ahí, que es muy cerca de nosotros, para cuando nos apetezca compartir un rato de agradable

Y, ahora sí, concluyo como empecé, versionando algunas estrofas de un poema de José Agustín Goytisolo, “Palabras para Julia”, que yo he titulado, como estas palabras que ahora terminan, “Palabras para Maite”:

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un silbido interminable.

Cuando te hablamos a ti,
cuando te escribimos estas palabras,
pensamos también en otra gente.

Tu destino está en los demás,
tu futuro es tu propia vida,
tu dignidad es la de todos.

Perdónanos, no sabemos decirte
nada más, pero tú comprende
que nosotros aún estamos en el camino.

Y siempre, siempre acuérdate
de lo que un día te escribimos
pensando en ti como ahora lo hacemos.

MUCHAS GRACIAS

Carmen Jurado Gómez

Un pensamiento en “Palabras para Maite

  1. No he podido evitar, como alumno que he sido de Maite, emocionarme al leer estas palabras de Carmen. Como cada año, muchos alumnos han terminado también su estancia en el centro, y en esta ocasión me toca a mí también. En estos seis años he conocido a muchos profesores; todos excelentes, en su práctica totalidad. Pero es imposible no sentirse especialmente marcado por algunos, y una de las que más lo han hecho es Maite.
    Gracias por esos dos años en los que fuiste una de las mejores profesoras de Biología que jamás he tenido (y tendré, bien lo sé), y por todos los otros años en los que, pese a no ser tu alumno, has tenido siempre un momento para charlar conmigo y preguntarme como iba todo.
    Es una auténtica pena, para todos los alumnos que vienen ahora, no tener la oportunidad de conocer a una profesora, y sobre todo a una amiga como tú has sido de todos nosotros. Pero como bien decía Nietzsche, no vivimos sino en el presente. Por ello, disfruta de tu bien merecido descanso 😉 ¡Un beso muy grande!

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